Los judíos colocan piedras en las tumbas como un símbolo de respeto, memoria eterna y para honrar al difunto. A diferencia de las flores, que se marchitan, la piedra representa la permanencia del recuerdo y el legado del fallecido. Otras interpretaciones incluyen la idea de que la piedra mantiene al alma en este mundo o que simboliza la presencia perdurable de la persona en la vida de sus seres queridos.